Ana María

CAMBIA NEPAL….

Me ha costado mucho decidir qué contaba en este texto sobre mi experiencia y vivencias en Nepal. Hay tanto de lo que hablar, tantos momentos que vienen a la mente, de hecho, no hay día que no me asalte alguno con la excusa más tonta: una luna muy redonda me traslada a las noches pasadas en nuestra casa de Nepalgunj, o los paseos al pueblo bordeando una carretera oscura, alumbrándonos solamente con un pequeño frontal para ir al pueblo a hacer la compra…o una canción de Lori Meyers me lleva a mis carreras por aldeítas perdidas, al atardecer, entre arrozales, bicis y bueyes, a veces en compañía de Belén, otras sola, o la vista de unos pantalones bombachos, en plan turcos, hacen que pasee por Thamel, vuelva a imbuirme de su algarabía, que muchas veces me resultaba agobiante pero también protectora y familiar… sin embargo fue lo que ví en una heladería  de Jumilla, un pueblillo de Murcia donde resido en verano, lo que hizo que mis dedos se deslizaran por el teclado y todo tomara forma, o eso creo…Ahí voy…NAMASTÉ!!!

Jumilla, 20.30 horas, entro buscando un helado, a modo de cena, en una de esas modernas tiendas de yogurt. Mientras espero a que me sirvan, una palabra escrita en una caja de tés llama inmediatamente mi atención desde una estantería: KATMANDÚ. Como fondo de la misma, la mirada pícara de un niño que junta con gracia sus manecitas diciéndome “Namasté”. Y ya no estoy en la heladería. Y ya no huelo los  toppins o el yogurt helado. Huelo el delicioso “milk tea”, el “chía”, el “masala tea” o a mi amado “milk coffee”. Y esforzándome apenas, acierto a percibir el aroma de un dhal bat recién hecho por la “mam” de la casa de comidas pegada a nuestra oficina. Y el  recuerdo del sabor  cremoso y  fresco  del dahí (yogurt), servido en una bolsa de plástico, pesado el “adi keyi” (1/2 kilo) en una balanza del siglo pasado me transporta al bazar de Nepalgung, abigarrado, escandaloso, brutalmente vivo, donde los sabores y los olores se entremezclan, como todo en Nepal…Katmandú, Nepalgunj, Bardya, Tansen , Lumbini, Butwal Pharping, Nagarkot…sonidos y colores, vida, muerte, pobreza extrema y belleza extrema sin separación ninguna, atardeceres rojos como la sangre, silencios lunares, cigarrillos fumados al amparo de la noche, a la luz de una vela, acompañada por los millones de estrellas de un cielo inmenso, el más inmenso de todos los que he visto…

Nepal se te mete en el alma o de sopetón, desde el mismo momento que desde el avión ves por primera vez las cumbres más altas del mundo, las más sagradas y bellas, y pisas Durbar Square y subes las cientos de escaleras del Monkey Temple y una didi te pone una tika en la fiesta de Dasain y te pierdes-por voluntad propia- por las calles de Freak Street…o se te mete de a poquito, como fue mi caso, porque aún recuerdo la sensación de desamparo y confusión al verme sola en el aeropuerto de Katmandú, compartiendo mi bocadillo con un escuálido perro callejero, o la angustia al verme perdida en los mil recovecos de Thamel o los niños durmiendo de mala manera en cualquier esquina del barrio más popular y turístico de la capital mientras que turistas y paisanos, pasan de largo, ni les dedican una mirada, o eso parece a primera vista, o las peleas que tuvimos  con directores de colegio obtusos que no ven o no quieren ver que hay otros modos de educar que los palos y los favores por dinero, o la rabia e impotencia de ver tanto animal en unas condiciones inhumanas…Sin embargo, cuando me preguntan por mi experiencia, que si volvería, respondo rápida que sin pensarlo. Nepal está conmigo. Ya no soy la misma desde septiembre del año pasado. He visitado otros países y de todos he venido cambiada, pero el cambio que se opera en ti cuando VIVES en Nepal, de verdad vives Nepal, no como turista, no como se supone que tienes que vivirlo según el Lonely  Planet o el National Geographic, sino como Ana, o Paloma, o Jorge o Belén, o Laura, o  Andrés o Carmen es imposible volver a ser el mismo. Porque se te mete en la piel, en el alma tan dentro, tanto, tanto, que ya no caminas igual, ni contemplas igual, ni comes igual, ni disfrutas igual, ni ríes ni lloras igual…Y te salen namastés espontáneos, o juntas las manos e inclinas la cabeza sin percatarte de ello mientras una amiga te dice”¿qué haces?”…Todo cambia, no es apreciable a ojos vista, pero sin duda ese cambio está en ti y lo estará por siempre…Y ahora mismo, antes de que regrese a la tienda de yogurt, si cierro los ojos y sigo dejándome llevar por los sabores, por los olores y los sonidos, un caleidoscopio de risas de niños felices por ponerse la nariz roja de un clown, de didis sabias y tranquilas, hermosas, envueltas en saris y kurtas de mil colores, de  timbres de bicicletas y ricks-chows,  de cláxones de motos, de  ladridos a la luz de la luna, de  jazz y soul por las calles de la ciudad,  de collares de caléndulas rodeando los cuellos de las vacas, cabras, perros, en el Kukur Tihar, de tikas enormes, imposibles, anaranjadas, rojizas, de plátano y arroz, bendiciendo la frente de niños y mayores en el Dasain, de santones y monos a las puertas del grandioso Pashupatinath, de manos que se enlazan en un juego en el patio del Orchid Garden, de puestas de sol que recortan como en un cuento de las Mil y Una Noches, la silueta de los minaretes, de las stupas…aparece ante mí, lo siento al ladito mío, inundándolo todo…

”Aquí tienes…vas a querer algún toppin?…Ehhh??? No, gracias….”

Salgo del local con un helado de yogurt más grande que yo misma y una sonrisa tonta pintada en mi cara….

Jumilla, 23.26 de una calurosa noche de agosto…

Namasté!